23
Ene

Presencia y rumor

La finca se había quedado a oscuras. Acostumbrarse a la claridad proyectada desde el portalón de la entrada era lo que tocaba. El interruptor de la luz no funcionaba y el ascensor tampoco. Un estremecimiento en el estómago, el mismo que notamos cuando el peligro nos acecha, fue pasando de uno a otro, recorriendo la escalera de arriba abajo. Era ridícula aquella angustia; el temor a la oscuridad solemos abandonarlo en la infancia encerrado en algún armario. En el eco de la escalera el rumor de los vecinos enfrascados en discusiones, cháchara y cotilleos. Ninguna linterna para mitigar la oscuridad, ni un maldito fósforo en los bolsillos. Los rumores dan paso a la incertidumbre, dicen que una sombra recorre la escalera sin descanso. La penumbra acrecienta el miedo.
En el primero, Doña Luisa ni se digna a dirigirme la palabra, siempre se ha dejado influenciar por todos, con criterio confiaba en su encanto y amabilidad, pero me equivoqué. En el segundo apenas un fuerte portazo me provoca un respingo, me altera. Un balón se desliza rápido, lo esquivo; seguido a él los niños del sexto, suerte de mis buenos reflejos. Cuando llego al cuarto, el alcohólico de Rafael, individuo rijoso y pendenciero donde los haya, está montando otro de sus numeritos; con virulencia increpa a su esposa para levantarle la mano después. Algo sucede que le persuade de sus intenciones, me gustaría pensar que ha sido mi presencia, pero lo dudo, no se amedrenta con nada. Conforme avanzo y me acerco a casa, comprendo menos la incómoda oscuridad que tan sólo a mi parece afectarme. Un acontecimiento acrecienta mi incertidumbre: nadie se me acerca, intento hablar pero me ignoran; el fenómeno se vuelve incomprensible cuando sin saber el porqué retorno a la planta baja. La memoria me devuelve al lugar de partida.
¿Qué hago aquí? El interruptor de la luz no funciona y el ascensor tampoco. Los ruidosos coloquios de los vecinos viajan deprisa, como el agua en las acequias; parecen espantados; se oyen cada vez más cerca. Intento subir pero algo me lo impide. Pasando por doña Luisa, uno tras otro se apartan, intentan esquivarme, no me atienden, les ahuyento, les incomodo. Sigo sin comprender. Tal vez cuando emprenda nuevamente la senda hasta mi casa, tengan en cuenta mi presencia, mi necesidad, y pueda al fin llegar a la meta.

CRSignes 041007

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