7
Dic

El arcano número 14. La Templanza

Extendió las alas. Su sombra inexistente la cubría del todo.

Alzaba arco iris el agua al choque violento contra las rocas. La niña, con su pensamiento, parecía pescarlos. Todos los colores le pertenecían.

Desde lo alto, sintió la cálida corriente de aire que manaba desde ella. El deseo ardía a su alrededor, caldeando el ambiente.
El sonido del agua, le recordó su misión.
Quiso enfriarla con un batir de alas pero no pudo. El golpe seco apenas si enmarañó el cabello y jugueteó con el liviano traje de gasa, de la niña, hasta el punto de que, su cuerpo adolescente, quedó al descubierto.
¡Cordial bienvenida a la madurez!

Había salido de casa con la aurora.
La fuente del río, su destino, aguardaba su ensoñación.
Más pesada carga, que las jarras vacías para la niña, era, para el ángel, el prurito incontrolable de aquella pubertad, que despertaba a la mujer deseable dejando en menoscabo la infancia aún visible.
Poco tiempo ha, en el invierno, se revolcaba entre juegos de nieve y hielo. Congelados deseos prendidos como punzantes estalactitas heladas en su imaginación.
El sol, aliándose con el tiempo, la había transformado.
Y ahí estaba, sobrevolando sus pasos, intentando aquietar los instintos, templar la sangre que, caliente entre sus venas, la lanzaban por otro camino.
Lucía hermosa. ¡Resplandeciente!

En su vuelo, desde lo alto, asediaba los pequeños rincones de la mente inquieta y despierta, atendiendo a sus requiebros. La confusión se hacía evidente al presentir el bombardeo de sus conquistas, como los inocentes e inofensivos gamusinos de su infancia. Por suerte desconocía el lenguaje, ignoraba las respuestas.
¡Suerte del ángel que la guardaba!
Estaba ansiosa de poseer. ¡De ser poseída!
La pasión en el ser humano, que pasa de la mayor indiferencia a la entrega más absoluta, debía regresar envuelta en el albornoz de la infancia. Debía aguardar un tiempo más. Transformarse nuevamente indiferente.

En un último y milagroso batir de alas, el azar quiso que una de sus plumas rozara el rostro de la pequeña, haciéndole cosquillas, devolviéndola al mundo de los juegos y la risa.

En casa le aguardaban los suyos. Regresó riendo aún de su suerte. Y mientras con la pluma perdida acariciaba su cuerpo, cerró la puerta consciente de su transformación.

Carmen Rosa Signes 160606

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