Chiquitín


Cinco amigos se creían olvidados por el tiempo, pero un día, los descubrieron y pasaron de ser cacharros empolvados, a las más vistosas, deslumbrantes y coloridas aeronaves que jamás hayan volado.

Cinco hermanos, heredaron de su abuelo un almacén donde éste guardaba desde hacía años, cinco modelos de aeroplanos. Los jóvenes quedaron encantados con el hallazgo y se dieron a la tarea de remodelarlos.

Una mañana, el sol se despertó con el rugir de los motores de las avionetas. Una a una, surcaban el cielo rasgando las nubes con sus grandes alas. Rojo, batía sus alerones brillantes, seguido por Azul dando volteretas y mostrando orgulloso sus dos franjas color blanco. Amarillo, volaba junto a Cometa, ligeros se dejaban acurrucar entre el viento. Por último, se elevaba Chiquitín, el avión mas pequeño de los cinco. A este le costaba mas trabajo mantenerse en el aire, así que su piloto, solo lo subía por unos minutos y después lo aterrizaba con cuidado.

Chiquitín, sentía tristeza porque sus amigos eran grandes y poderosos, mientras que el a pesar de haber sido reparado, todavía tenía secuelas de aquella terrible guerra donde apenas se salvó. Para colmo, era objeto de las burlas de Rojo que se sabía el mejor de todos.

Después que fueron regresados a su andén, Rojo no paraba de hablar de lo maravilloso que era volar mas allá de las nubes, algo que solo el podía hacer y miraba con lástima al pequeño avioncito que en un rincón se despachurraba con su pena.

La noche llegó silenciosa, todos dormían placidamente. Todos menos uno. Chiquitín salió sin hacer ruido. Se acurrucó entre la hierba y miró al cielo. Sumido en su tristeza, miró de pronto cientos de destellos que se aproximaban. Eran perseidas casi transparentes que revoloteaban a su alrededor. Con sus ojos suplicantes, pidió un deseo.

Al siguiente día, Chiquitín recordaba su deseo; pensó que había sido un sueño. Pero aún así, sentía unas inmensas ganas de salir y volar.

No esperó a su piloto, abrió el portón y corrió hasta elevarse. Poco a poco empezó a deslizarse por el azulado infinito. Fue inevitable sonreír y suspirar al sentir el aire acariciando su fuselaje. Chiquitín nunca se sintió más feliz. Ese día se convenció de que los sueños no son efímeros, que siempre se pueden hacer realidad si se desean con todo el corazón.

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